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lunes, 17 de noviembre de 2014

Fragmento N° 2 del Libro Cauide


ROSENDO APAZA MAMANI
“EL ÚLTIMO SINCHI”
Oigo una balada
De lamento en el Páramo.

De enorme estela es
El funeral del Paria.

Oración miserable
Acompaña.

Solo está la sombra
De un niño harapiento.

Llorando está
Al pie de su única imagen
Que se va.

Un hombre camina en las altas cumbres, bajando a los valles, llega a las haciendas de los patrones.  Vende su fuerza a cambio de comida y coca, el dinero no le importa, se traslada de un lugar a otro como el viento libre se va, se lleva el misterio de la soledad sin preguntas ni respuestas.

Rosendo Apaza Mamani, llegó una tarde sombría al aposento de mi abuelo en Cóndor Arma, en la espalda trae un equipaje con sus pocas pertenencias, en el hombro trae también una enorme barreta de acero, es su única propiedad de labranza, es alto, fornido como un sinchi, de mirada fuerte, mestizo oscuro, de labios carnosos agrietados por el cal que come con la coca, manos grandes, cuyos dedos están adornados por una sortija de acero brillante, los pies descansan sobre una sandalia de jebe negro, en el torso tiene un aro metálico, en los dedos grandes del pie están puestas dos rodajes como anillos, en el brazo derecho lleva un brazalete también de acero; ¡que adorno tan extraño! pensaba en mí mismo. Estos detalles le retrataba a un hombre fuerte y tosco.

Mi abuelo le dio la bienvenida, ambos confundieron sus miradas con saludo protocolar, levantaron sus palmadas hasta la altura del corazón, Los dos se sentaron sobre dos troncos yacientes en el patio. Rosendo bajó el equipaje de su espalda, poniéndolo en el suelo desató la lliqlla, cuando quedó descubierto el equipaje, aparecieron varias taleguitas de lana de vicuña, cada uno contiene aliños diversos para comer con la coca; sacó de su pisqa, un manojo de coca fresca, ofreció a mi abuelo el viejo lo recibió con sus dos manos juntas, bañó con su aliento como aceptación de esta visita.

Mi abuelo dejó la coca en la lliqlla tendida, poniéndose de pie, se fue al almacén, a su retorno trajo una botella de aguardiente, ambos hombres, me parece, que están en un solemne acto.

Se echaron hoja por hoja la coca en la boca, Rosendo ofreció a mi abuelo, los aliños de todas las taleguitas, enseguida mi abuelo sirvió el aguardiente en dos copitas de vidrio, ambos tincaron con el licor, seguro que brindaron con los Apus que circunda a Cóndor Arma, fumando cigarro inca conversaron largo rato, sorbaron varias copas de licor, parece que pactaron algún acuerdo importante. Mi abuelo se levantó alegre; dirigiéndose a la cocina, ordenó a Daniela a servirle comida en los platos más grandes a Rosendo. Esa tarde cenó sopa de morón intercalado con mote y queso, de segundo le sirvieron guiso de papa con carne. Mi abuelo al darse cuenta de mi afán intrigante, me presentó a Rosendo, me dijo que fuera igual que él, yo me sentía impresionado por aquel Sinchi, le tocaba sus muslos, el tocado de sus adornos, sus pies eran enormes, su mano también, su cintura estaba fajado por el chumpi de múltiples colores, la bayeta que usa es de lana de llama con tejido tosco, cuya camisa también es tejido de lana, sus flecos son adornados con bordados  con hilo fino, en la pechera de la chaqueta se estiran dos Amarus de siete colores.

Al día siguiente, Rosendo se levantó muy temprano a las cuatro de la mañana, se fue con una pala y dos costales de yute a la chacra, de regreso trajo dos quintales de camote y achira, entregó a Daniela, entonces ella se afanaba en la cocina preparando el desayuno.

Con Rosendo nos sentamos juntos en el patio, mientras esperamos la llamada de Daniela para tomar el desayuno; le preguntaba a cada momento de su origen, porque era grandazo y foerzudo. El se ríe y me palmea en la espalda como calmando mi inquietud. “Algo se de mi vida y de mis padres”, me dijo, expirando un suspiro franqueador, se decidió contarme; “ He venido caminando a pie desde el Qollao, salí de mi estancia muy joven al morir mi padre, mis padres vivieron escondidos por siglos en Qaton Machay cerca a Lampa, se que el padre de mi tatarabuelo era Sinchi constructor de Qatun Ñan, se trasladaba de un lugar a otro con toda su familia, mi tatarabuelo también era lo mismo, el eclipse lo sorprendió en la construcción de Pucará, la pachamama nos abandonó y nos enseñó su cara negra, centauros nos perseguían con látigos y espadas filudas. Mi tatarabuelo fue bestia de carga en la época de la nina para, junto con los demás Sinchis trasladaron cargamentos de los pachas blancos hasta el Océano. Muchos murieron de hambre y cansancio, los tambos fueron incendiados y la hambruna llegó. Mi abuelo me contó que su padre se escapó con varios Sinchis y se escondieron junto a la nieve donde los blancos no podían llegar. Al inicio del nuevo siglo mi abuelo bajó de su escondite a los valles de abajo, halló nuevos pueblos de mistis, junto con mi abuela caminaron igual que yo, en sus espaldas traían chuño a los mistis, un hacendado misti lo convenció para que trabaje en su hacienda. El patrón lo hizo trabajar varias sequias para la expansión de su hacienda. En cierta ocasión, llegaron varios arrieros a la hacienda, no fue suficiente las mulas para el cargamento. Mi abuelo y muchos hombres más del lugar, se fueron a Bolivia con el cargamento. Los patrones se odiaron y se fueron en guerra, juntaron a muchos ingenuos y sometieron al cargamento, tenía que ser así, porque las bestias era para los guerreros, caminaron miles de leguas, cruzaron montañas, desiertos, estando en Pisagua fueron muertos con odio por los guerreros contrarios, para que sus enemigos mueran de hambre. Mi abuelo escapó a duras penas con tres Sinchis mas, se regresó hasta Qallapuqa, donde mi abuela le esperaba con mi padre a un niño, en Qallapuqa quisieron asentarse a vivir, pero se enteraron que eran buscados por traición y abandono de deber por el Capitán Maldonado, también se enteraron de los tres Sinchis de su huida, habían sido hechos prisioneros y muertos en el cuartel de Puno, –Por esa razón, tenían que regresar a las nieves a esconderse de la gleba de los mercenarios. A la mujer de mi abuelo y mi  abuela,  mi  padre  volvió  a bajar a los valles, conoció a mi madre,   Rosenda en Qasa Qasa cerca a Putina; dice que cuando  mi madre nació, lo llevaron a la iglesia del pueblo, por lo visto no tenía nombre, fue el Frayle que le puso por nombre de Rosenda por la Virgen del Rosario que era Patrona del pueblo, también me pusieron a mí el nombre de mi madre.

Con mi padre trabajamos hacienda tras hacienda. Yo era cantero, arrojaba enormes piedras, abríamos sequias, pulíamos las piedras para hacer túneles. Estando en la hacienda de los Valcárcel, mi madre murió de joven al cruzar el río embravecido.

No tenía hermanos, solo con mi padre realicé mi hombría, caminamos juntos por toda la nación, hace muchos años pasamos por este paraje en camino al mar, con mi padre construimos el canal de riego de la hacienda de Piedra Blanca de los Rodríguez y de los Barbarán; ahora camino solo desde la muerte de mi padre en Qaton Machay.

Rosendo calló y nos quedamos en profundo silencio, hasta que Daniela nos llamó a la cocina para tomar desayuno; desde ese momento, sentí cariño por Rosendo y nos hicimos amigos inseparables. Caminamos juntos, a veces me cargaba en sus hombros por mis pasos lerdos, levantó hileras de muros con enormes piedras para la protección del ganado. Mi abuelo ordenó a Rosendo la construcción de una sequia para el riego de nuevas tierras; un domingo por la mañana se fue al lugar de los hechos a verificar la obra, retornando por la tarde le comunicó a mi abuelo su decisión. -¡Patrón!, le dijo, Dame cuatro meses para entregarle la obra, solamente le solicito, mi ración de coca no me falte, ¡No te faltará Rosendo!, le contestó mi abuelo.

Enseguida Rosendo inspeccionó sus herramientas, pidió comba grande, cinceles y palanas, con una escofina afiló a su barreta de tres pulgadas, por momentos lo bañaba con la humareda del cigarro, como dándole palabras mágicas lo untaba con su aliento.

HUAMAN POMA II


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